(O EL DURO CAMINO DE ENFRENTAR LAS TENTACIONES
AUTORITARIAS EN MATERIA DE SEGURIDAD CIUDADANA)
La noción de inseguridad,
en su acepción cotidiana, ha sufrido una indudable cooptación de clara
connotación ideológica. Pareciera, en consecuencia, que hasta el habitante
menos atento de nuestra sociedad asocia el concepto de inseguridad a la mera
posibilidad de ser víctima de un delito. Ninguna de las restantes
incertidumbres que este margen apendicular del capitalismo dependiente depara a
la mayoría de los ciudadanos, parece estar tan claro en el inconsciente
colectivo, ni ocasionar niveles tan altos de la mentada “alarma social”. Es
difícil explicar lo obvio, pero ni el desempleo, ni la profundización de la
crisis estructural que padece nuestro país, ni las perplejidades que las
fugaces mutaciones que depara el siempre cambiante horizonte del capitalismo
tardío, ni las múltiples acechanzas del futuro, alcanzan consensos sociales tan
importantes como esta remanida idea de la
“inseguridad”, asociada únicamente al auge de la delincuencia convencional.
La
evidencia no es menor, por cierto. Bastante más difícil resulta explicar esta
percepción generalizada que atraviesa divisiones categoriales
convencionales de la sociedad.
Parafraseando
a Joan Prats[1],
podemos decir que, al revés que España, la Argentina es uno de los países menos
exitosos del último cuarto del siglo XX, justamente el lapso en el cual se
produjeron los mayores cambios y las más drásticas transformaciones en la
historia de la humanidad. En cualquier caso, una responsabilidad directa
respecto de esas frustraciones colectivas resulta atribuible a los sectores más
conservadores de la sociedad, copartícipes, beneficiarios, apologistas o
cómplices de procesos de virtual desguace del patrimonio nacional, de la
distribución más injusta de la riqueza y
de un proceso de profundización de la exclusión social sin precedentes.
El
miedo a las dificultades del presente o la desconfianza que plantea el propio
futuro, son así sustituidas por la simplificación e intencionada construcción
del “miedo al otro”. El miedo, entonces, alcanza la dimensión del nuevo
instrumento de dominación social por excelencia y ese temor es alentado desde
los aparatos ideológicos del estado de manera temeraria aunque sistemática: “El
temor y el miedo se están convirtiendo en elementos de aislamiento y ausencia
de solidaridad entre la comunidad”[2].
Pero en
ese escenario social de enorme privación relativa, esos “otros ”, a quienes se
reserva el rol pasivo de objetos de punición y destinatarios de las campañas de
“limpieza de clase” son, justamente, las
víctimas de las políticas públicas concebidas desde el denominado Consenso de
Washington, otro contrato social del que seguramente tampoco han sido
signatarios esos agregados.
Si “el
otro”, concebido en clave adversarial, es el que se
opone a un orden socialmente valorado y supuestamente homogéneo, sintetizando
desde lo simbólico todos los riesgos y
las alarmas inmediatas, cualquier cruzada realizada en nombre del “orden
perdido” es susceptible de ser llevado adelante, aún desde las ideologías
represivas y autoritarias abocadas al mantenimiento de un estado de cosas
inéditamente injusto en términos sociales.
Aquí
aparecen, entonces, otras dificultades no menores para quienes, desde el “progresismo”
(por usar un vulgarismo genérico que, por impreciso, muchas veces no quiere
decir nada y por vacío, en muchos casos contribuye a su propio descrédito),
deciden asumir un lugar neurálgico en las áreas estatales vinculadas a la
seguridad y la política criminal. Compromiso que – vale aclararlo- se asume en
todos los casos sin beneficio de inventario y a sabiendas del retroceso
sostenido del estado al momento de
gestionar políticas sociales de prevención del delito, y de su demostrada incapacidad
y proverbial lentitud para articular de
manera conjunta inversiones compatibles con las cualidades que demanda la
urgencia de la nueva agenda social.
La
primera de esas dificultades se vincula necesariamente con el dilema recurrente
respecto de si es o no posible hacer criminología “desde adentro” del estado.
Obviamente,
esta incógnita probablemente se despeje atendiendo a circunstancias objetivas
de la realidad y la posibilidad de incidir de manera instersticial
en la microfísica del poder: “Como usted dice, las relaciones entre deseo,
poder e interés, son más complejas de lo que ordinariamente se piensa, y
resulta que aquellos que ejercen el poder no tienen por fuerza interés en
ejercerlo, aquellos que tienen interés en ejercerlo no lo ejercen, y el deseo
de poder juega entre el poder y el interés en juego que es todavía singular”. “El
papel del intelectual no es el de situarse “un poco en avance o un poco al
margen” para decir la muda verdad de todos; es ante todo luchar contra las
formas de poder allí donde éste es a la
vez el objeto y el instrumento: en el orden del “saber” de la “verdad”, de la “conciencia”,
del “discurso”[3].
Por lo
tanto, el desafío de transformar (aunque sea parcialmente) la realidad en
términos de política criminal, se convierte ciertamente en una dura puja
cotidiana en la que interactuan anárquicamente los restos de las agencias del estado (compatibles
con niveles de conflictividad y complejidad social de hace medio siglo) y los
medios de control social informal (muy especialmente la gran prensa) pletóricos
de retribucionismo extremo.
La
segunda, una vez adoptada y por la razón que fuera, la decisión de dar desde
adentro el debate sobre la seguridad y tomar el riesgo de una gestión de
gobierno implica adaptarse a algunas lógicas peculiares del funcionamiento del
estado argentino, inficionado en su propio núcleo por prácticas políticas
difícilmente comprensibles en otros colectivos sociales.
La
tercera, es la inmediata percepción de que una históricamente escasa calidad de
gestión institucional necesita imperiosamente nutrirse de una simplificación conceptual
y funcional, que remite a una supuesta “ejecutividad” puesta en práctica a
sabiendas (y aún con desprecio) de su irracionalidad e ineficacia.
La
búsqueda de racionalidades alternativas, por ende, siempre deberá promediarse
con la necesidad opinable de “permanente ejecutividad” y con la necesidad
social justificada de que se brinden respuestas, sin control alguno de calidad,
respecto de una delincuencia predatoria protagonizada generalmente por jóvenes pobres
en perjuicio de otros pobres. “Los políticos se encuentran ante un gran
rompecabezas. Algunos actúan como bomberos incendiarios y otros se sienten
impotentes ante un fenómeno de masas al que nadie sabe hacer frente de forma
adecuada. En cierto modo ocurre como en el caso del conductor un vehículo que
empieza a deslizarse a causa del hielo y, en lugar de intentar seguir el curso
de os acontecimientos y corregir la dirección cuando sea posible, aplica
brutalmente los frenos con lo cual no hace más que empeorar la situación”[4].
Ello
deriva en que no ya las búsquedas sino las decisiones obedecen a un “promedio”
alquímico entre lo que se puede proponer y lo que finalmente se hace en
términos de seguridad, y sobre todo en cómo
esto se hace. Por lo tanto, aún obteniendo anuencias en orden a aspectos esenciales de
política criminal, la “traducción”, la instrumentación y la puesta en práctica
de estas medidas ponen a prueba una relación de fuerzas que resulta casi
siempre favorable a la reproducción de las condiciones objetivas sobre las que,
paradojalmente, se intenta intervenir. “La relación
de aplicación no es nunca de semejanza”[5]. Y
este es el riesgo fundamental que debe correrse, precisamente porque alcanzamos
en este punto los límites inelásticos de las posibilidades de llevar adelante
una planificación que, en términos de política criminal, deje de atender a un
supuesto clamor popular ante el cual “algo hay que hacer rápidamente”, sin
importar mucho qué y cómo es lo que se hace. Las medidas que se conciben, las
planificaciones que se intentan integrar desde las agencias comprometidas con
el fenómeno de la violencia cotidiana, muchas veces sucumben o mudan al momento
de ser bajadas a la práctica, mediante trazos gruesos adoptados con una
impronta propia de un populismo regresivo de módica calidad institucional, o
mediante la delegación en actores que poseen una impensada capacidad de
destrucción masiva.
Éste
parece ser el verdadero Talón de Aquiles respecto de la construcción social de
una criminología “para las clases subalternas” - como enseñaba Baratta - desde el Estado argentino, más allá de las
cualidades e improntas de algun gestor ocasional de
esas políticas: el propio Estado parece haber generado sus particulares
anticuerpos, refractarios a los cambios y transformaciones, y tan brutal como
primitivo en sus intrincadas e insondables reacciones.
Intentando
no incurrir en un apocalíptico pesimismo, parece inevitable advertir sobre expectativas
excesivas sin tener en consideración estos condicionantes objetivos y la
complejidad y debilidad de la administración pública en términos de “gobernanza” (gobernance); esto
es, en una gestión de la cosa pública articulada en redes horizontales y
genuinas con la sociedad, prescindiendo tanto de un verticalismo tradicional y reduccionista entre gobernantes y gobernados, como de
tramas lapidarias entre agencias estatales y supuestos “gestores ” locales de muy
escasa legitimidad y representatividad social, motorizados por el más duro y
torpe asistencialismo.
En
suma, el rol del criminólogo es el de un previo conocedor de la complejidad de
la sociedad y del estado, el de un trabajador que comprende que las clases
dirigentes no solamente gestionan a través del estado, sino que instrumentan a
partir del mismo los consensos con los que conviven y gobiernan. Esos consensos
siguen siendo, a mi entender, las aptitudes para generar tendencias capaces de
arraigarse en las masas, aunque se construyan a partir de consignas regresivas
(las campañas de “mano dura”, explícitas o implícitas, actualmente en auge,
constituyen un ejemplo claro sobre este particular).
Enfrentado a esta
situación, desde el núcleo duro de la asumida complejidad del propio estado
(más aún, diría únicamente a partir de él, pues a través del estado todos los
sectores de la sociedad, incluso los más dinámicos, parecen sintetizarse y sincretizarse), el intelectual orgánico no debe perder su
condición de impugnador de los discursos legitimantes, pero no ya desde una retórica
infantil y rupturista,
sino a partir de la condición asumida de permanente persuasor y conocedor de
que dará batallas decisivas y no decisivas (las “modificaciones moleculares” de
que hablaba Gramsci?), que habrá de ganar y perder, a
través de las mismas “grietas” que el Estado suministra, intentando poner límites
a su poder punitivo y a los procesos selectivos de criminalización.
Por Eduardo Luis
Aguirre (UNLPam)
Subsecretario de Seguridad y Defensa Civil
de la Provincia de La Pampa.
www.iuspenalismo.com.ar
[1] “Las transformaciones de las Administraciones Públicas de nuestro tiempo”, en Colección de Documentos del IIGC.
[2] Conf. Alfonso Victoria, Carlos: “El miedo que nos habita: elementos para la interpretación de una sociología de la seguridad”, en “Seguridad sostenible”, IIGC.
[3] Conf. Foucault, Michel: “Microfísica del poder”, colección “Genealogía del poder”, 1992, Madrid, ps. 85 y 79.
[4] Conf. Prat, Joan Cornet: “Inseguridad ciudadana: la psicología del miedo”, en Seguridad Sostenible, IIG.
[5] Conf. Foucault, op. cit., p. 79.